Ara mateix


Cridem qui som i que tothom ho escolti.
I en acabat, que cadascú es vesteixi
com bonament li plagui, i via fora!,
que tot està per fer i tot és possible.


Miquel Martí i Pol

miércoles, 17 de julio de 2019

El escenario - Chavela Vargas


“Al entrar al escenario siento miedo. Pero algo encuentro o algo me encuentra a mí. Antes de terminar la primera canción ya estoy en otro lado. Del lado de mi público.” 
Chavela Vargas

lunes, 15 de julio de 2019

Acuérdate - Juan Rulfo



Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito” cuando la época de la gripe. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos “el Abuelo” por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba un ataque de hipo, que parecía como si estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban fuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Esa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.


Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre música y coros de monaguillos que cantaban “hosannas” y “glorias” y la canción esa de “ahí te mando, Señor, otro angelito”. De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.
La debes haber conocido, pues era muy discutidora y cada rato andaba en pleito con las vendedoras en la plaza del mercado porque le querían dar muy caros los jitomates, pegaba gritos y decía que la estaban robando. Después, ya pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña “para que se les endulzara la boca a sus hijos”. Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.
Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en el bolso: canicas ágata, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos. Nos traficaba a todos, acuérdate.
Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió tonto a los pocos días de casado y que Inés, su mujer, para mantenerse tuvo que poner un puesto de tepeche en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas refinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.
Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepeche que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.
Quizá entonces se vio malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre el risón de todos, pasándolo por una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándolos a todos con la mano y como diciendo: “Ya me las pagarán caro”.
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen que su tío Fidencio, el del molino, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.
Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en la banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente.
Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando las campanas todavía estaban tocando el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos y la gente que estaba en la Iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín donde se estuvo tendido.
Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.
Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.
Juan Rulfo

sábado, 13 de julio de 2019

NO ES VERDAD - Martha Asunción Alonso



No es verdad Blancanieves, 
los bosques de esperar
lenguas azules que nos despierten
al dolor de los pezones.
No somos elegidas de los dioses
para la transparencia:
ellos también son cuentos.
Porque la poesía,
igual que los sepulcros de cristal o ser mujer,
no será nunca un don.
No nos hace más nubes, ni más madres
ni ha de encontrarnos siempre trabajando.
A menudo, nos halla menstruando,
acariciando gatos sucios.
Sacando la basura.

Martha Asunción Alonso

Enlaces:
MARTHA ASUNCIÓN ALONSO


miércoles, 10 de julio de 2019

El arte de torear Una explicación de qué es parar, templar y mandar - Cultoro


El toreo moderno está fundamentado en un axioma básico que te permite entender su significado y apreciar los movimientos que el torero pone en práctica: Parar, Templar y Mandar, algo que surgió de la genial inteligencia de Juan Belmonte y que completó Domingo Ortega con su "cargar las suerte". Pero qué significan estos términos tan imprescindibles en la ecuación del toreo.




¿QUÉ ES PARAR?
Digamos que es el primer tiempo de un muletazo. Consiste en citar al toro para, a continuación, dirigirle su trayectoria. Dicho con palabras sencillas, es el instante en el que el diestro recoge al animal en su muleta calibrando de forma matemática la altura a la que debe poner el engaño y la distancia a la que debe colocarse del toro para que éste no arramble el trapo o decida no embestir. Si se coloca demasiado cerca, el toro se irá hacia el engaño por propia iniciativa. Si se está demasiado lejos, el toro no acometerá. Es básico para el torero tener los pies atornillados al suelo. El movimiento deshace .

¿QUÉ ES MANDAR?
El segundo tiempo del muletazo consiste en dirigir la trayectoria del toro tirando de la muleta o el engaño. Es imponer el dominio sobre el animal. El toro debe ir donde quiere el diestro. Y dependiendo de las fuerzas del toro y de su clase en la embestida, se conseguirá un recorrido más largo del animal, algo que sin duda llegará al tendido si además ambos se ciñen en ese desplazamiento. Domingo Ortega decía: "o mandas tú o manda el toro". Si este paso se ejecuta bien, el torero puede dejar colocado al toro para el siguiente muletazo y ligarlo sin necesidad de recomponer terrenos o variar la posición de los pies.

¿QUÉ ES TEMPLAR?
Es el tercer tiempo de una suerte. Consiste en adecuar el movimiento y la velocidad del engaño a la violencia y la velocidad con la que embiste el toro. Es quizá el paso más complicado de esta ecuación, ya que se debe conseguir que toro y muleta viajen a la misma distancia, a escasos dos palmos una de otro. Si no es así, el engaño será arrollado por demasiada cercanía de los pitones, o por el contrario, el torero sufrirá una cornada por quedar descubierto al alejar demasiado la tela. Gregorio Corrochano define el temple como un vocablo preciso que pone de acuerdo sonidos, instintos y movimientos. Se templa el toreo para buscar la armonía del movimiento. Toro y tela deben ir a uno unidos pero sin rozarse.


CARGAR LA SUERTE
Digamos que es desplazar todo el peso del diestro hacia la pierna que torea -si lo hace con la mano derecha, sobre la pierna derecha, y si lo hace con la izquierda, sobre la pierna izquierda- en un leve movimiento hacia delante que se debe realizar cuando el toro ya ha iniciado su marcha hacia el engaño, marcándole con él el nuevo camino a recorrer. ¿Se puede torear sin cargar la suerte? Sí, pero ya es otro concepto de la lidia.
Hoy, por desgracia, hay toreros que "descargan la suerte", o sea desplazan la pierna hacia detrás por comodidad y para evitar riesgo.

Cultoro




FUENTES:

lunes, 8 de julio de 2019

Paralelos hermafrodíticos - Siri Hustvedt



1.
Las filas de nubes, trenzadas sobre el cobertizo y las líneas telefónicas,
Se desenredan
Y caen talladas, lentamente, mientras avanza la noche.
Dispone de su propio tiempo para trenzarse
Y romperse, precisa y transformada,
Mientras el clima perdido en una tormenta eléctrica
Prendió en fuego el granero.
Tardó horas en derrumbarse y el techo colgaba de los pilares.
Fue un final confuso.
Se quemó y soltó humo durante toda la tarde
Y la estructura de piedra se quedó absolutamente erguida-
Como los padres de aquél imbécil, asombrados
Por la ingenuidad que mostraba ante su propia destrucción.


2.
La pena es tan muda
Como aquél niño que vagaba por el pastizal
Y se adentró en el bosque, se acostó y encontró sumideros
Donde sentarse con los pantalones mojados dos veces,
Pálido como Jesús en la cruz
Con pestañas blancas
Y ojos rojos y un sexo monstruoso
Que arrastraba en pañales.
No podían dejarlo en ningún sitio,
Entraba y salía del granero
Con un palo para pegar a las gallinas, y los dientes
Tan bellos, como en la tele,
Enamorado de velas y fogatas. Dios mío,
Ese niño repugnante corría hacia la luz.


3.
Los padres no dijeron nada pero se quedaron,
Separadas historias de un pecado vulgar, cerca del edificio ardiente,
Con su responsabilidad mermada,
Mientras dieron las diez
Y alquien agarró al niño chamuscado, a ambos niños
En una manta, envuelto y bautizado generosamente una vez,
De bata larga y blanca con el encaje de la hermana.
Más tarde, el espacio se volvió solemne, una hoguera
En el jardín de atrás, familiar y extraño como el viejo granero,
Rústico y desangelado,
Como el deseo vivo en ese cuerpo inactivo e hinchado.
A veces la niña de los Lunestad juega allí.
Ella mecía una piedra pequeña, tiznada, como si fuera una muñeca,
Hasta aburrirse y dejarla caer.
Siri Hustvedt
Reading to you 

 traducción por Julia Piera y Chiara Merino.

viernes, 5 de julio de 2019

fotografía de Jorge Herralde con sus «secretarias» - Colita


Si alguien te dijera ahora que la famosa foto que le hiciste a Herralde con sus «secretarias» es machista, ¿qué le dirías?
Que eran otros tiempos, y que entonces no lo fue. En esa foto salen dos tías que se burlan de su jefe. Entonces se llevaba la minifalda, y reivindicábamos que las tías estábamos muy buenas y hacíamos lo que queríamos. Ahora no la hubiera hecho así, no te digo que no, pero entonces tenía todo el sentido del mundo. Si yo la hubiera considerado en algún momento machista la habría retirado de circulación, ¿me entiendes? Porque a mí lecciones de feminismo pocas. Yo he sido feminista desde que tengo uso de razón. Esa foto no es antifeminista, es una foto feminista porque en aquella época feminismo era provocar, y provocar era de izquierdas. En esa foto hay dos mujeres desafiantes que se están riendo del espectador. Para provocar a la Iglesia hice una vez unas fotos de unas tías en tanga azotándose con un cilicio. Aquello me llevó a los juzgados. Esas fotos no eran tampoco antifeministas. Eran fotos provocadoras, hechas para joder a todos los curas, para que se la destrozaran pensando en mis fotos. Eran otros tiempos, eran otras formas de pensar. Muy validas, ¿eh? Porque ahora nos hemos vuelto todos unos hijos de puta tremendos, pero vamos por ahí de finolis con la moral y según qué cosas, decimos: «Esto es políticamente incorrecto». Y nos escandalizamos con que vienen inmigrantes y tal, pero no digas según qué sobre Cataluña, porque la gente empieza entonces a desgarrarse las vestiduras esas de satén que llevan. No he conocido yo una generación más inmisericorde que la actual, en la que ves a los políticos diciendo unas barbaridades enormes y la gente va y les vota. ¿No te jode? Eso no lo entenderé nunca. Nos hace falta otro Franco, ¿sabes? Para darnos cuenta de lo que tenemos, de lo que es de verdad la libertad y la democracia. Que venga otro Franco, un año nada más, pero que se pase el año entero tocándonos los huevos a todo el mundo, a ver si así la gente despierta
Fuente:

lunes, 1 de julio de 2019

A la espera de la oscuridad - Alejandra Pizarnik


Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos

Alejandra Pizarnik