«Construir algo mejor»: el discurso completo de Mark Carney en Davos
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El 20 de enero, en el escenario central del Foro Económico Mundial de
Davos, el primer ministro canadiense, Mark Carney, pronunció un discurso
dirigido al mundo, a Donald Trump —pero sobre todo a los aliados de Canadá—.
Tomando nota de una «ruptura» y del fin de un orden liberal presentado
como una «ficción», hace un llamamiento a salir de la «mentira» tomando la
dirección de un cambio radical, contra la vasallización y el espíritu de
derrota.
Al articular una diplomacia de «potencias medias», se hace eco de la
política de «grandeza» del general De Gaulle, tal y como este la expresó al
final de su vida en la famosa cita apócrifa: «Es precisamente porque ya no
somos una gran potencia por lo que necesitamos una gran política, porque, si no
tenemos una gran política, al no ser ya una gran potencia, no seremos nada».
En lugar de lamentarse por el regreso de los imperios depredadores,
Canadá propone «construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esa es la tarea
de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de
fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de verdadera cooperación.
Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad
de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra
posición en casa y de actuar juntos».
Rápidamente viral en las redes sociales y elogiado por su carácter
claro y constructivo, este discurso sitúa a Carney al frente de la resistencia
al trumpismo.
Canadá, cuyos medios de comunicación han filtrado recientemente
información sobre la preparación operativa de las tropas en caso de una
invasión estadounidense, ya se ha negado a pagar el tributo de mil millones de
dólares exigido por Trump para unirse a su «Consejo de Paz».
«Sabemos que el antiguo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia».
Es un placer, y un deber, estar entre ustedes en este momento decisivo
para Canadá y para el mundo.
Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción
agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las
grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción.
Pero también les diré que los demás países, en particular las potencias
medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un
nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos
humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad
territorial de los Estados.
El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad.
Cada día se nos recuerda que vivimos en una época de rivalidad entre
grandes potencias. Que el orden basado en normas tiende a desaparecer. Que los
fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias.
Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como una lógica
natural de las relaciones internacionales que se reafirma.
Ante esta constatación, los países tienden en gran medida a seguir la
corriente para mantener buenas relaciones. Se adaptan. Evitan los conflictos.
Esperan que este conformismo les garantice la seguridad.
No es así. ¿Cuáles son entonces nuestras opciones?
En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El
poder de los sin poder. En él planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo ha podido
mantenerse el sistema comunista?
Su respuesta comienza con la historia de un frutero. Cada mañana, coloca
un cartel en su escaparate: «¡Trabajadores de todos los países, únanse!». Él no
cree en ello. Nadie cree en ello. Pero lo coloca de todos modos, para evitar
problemas, mostrar su cooperación, pasar desapercibido. Y como todos los
comerciantes de todas las calles hacen lo mismo, el sistema sigue funcionando.
No sólo por la violencia, sino por la participación de los ciudadanos
de a pie en rituales que saben perfectamente que son falsos.
Havel lo llamaba «vivir en la mentira». El poder del sistema no proviene
de su veracidad, sino de la voluntad de cada uno de actuar como si fuera
verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: en cuanto una sola persona
deja de actuar así, en cuanto el frutero retira su letrero, la ilusión comienza
a desmoronarse.
Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus
carteles.
Durante décadas, países como Canadá han prosperado gracias a lo que
llamábamos el orden internacional basado en normas.
Nos hemos adherido a sus instituciones, hemos alabado sus principios y
nos hemos beneficiado de su previsibilidad. Gracias a su protección, hemos
podido aplicar políticas exteriores basadas en valores.
Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era
en parte falsa. Que los más poderosos se saltarían las normas cuando les
conviniera. Que las normas que regulan el comercio se aplicaban de forma
asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor
según la identidad del acusado o la víctima.
Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular,
contribuía a garantizar beneficios públicos: vías marítimas abiertas, un
sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los mecanismos de
resolución de controversias.
Así que colocamos el letrero en el escaparate. Participamos en los
rituales. Y, por lo general, evitamos señalar las discrepancias entre la
retórica y la realidad.
Este compromiso ya no funciona.
Permítanme ser directo: estamos en plena ruptura, no en plena
transición.
Durante las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera,
sanitaria, energética y geopolítica— ha puesto de manifiesto los riesgos de una
integración mundial extrema.
Más recientemente, las grandes potencias han comenzado a utilizar la
integración económica como medio de presión. Los aranceles como palanca. La
infraestructura financiera como medio de coacción. Las cadenas de suministro
como vulnerabilidades que explotar.
Es imposible «vivir en la mentira» de un beneficio mutuo gracias a la
integración cuando esta se convierte en la fuente de tu subordinación.
Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias
medias, entre otras la OMC, las Naciones Unidas y la COP, que constituyen la
arquitectura de la resolución colectiva de los problemas, se han debilitado
considerablemente.
Muchos países llegan a las mismas conclusiones. Deben reforzar su
autonomía estratégica en los ámbitos de la energía, la alimentación, los
minerales críticos, las finanzas y las cadenas de suministro.
Esta reacción es comprensible. Un país que no puede garantizar su
suministro alimentario, energético o su defensa tiene pocas opciones. Cuando
las normas ya no te protegen, debes protegerte tú mismo.
Sin embargo, seamos realistas sobre las consecuencias de esta
situación. Un mundo compartimentado será más pobre, más frágil y menos
sostenible.
Hay otra verdad: si las grandes potencias renuncian incluso a fingir
que respetan las normas y los valores para ejercer su poder sin trabas y
defender sus intereses, las ventajas del «transaccionalismo» se vuelven
difíciles de reproducir. Las potencias hegemónicas no pueden sacar provecho
indefinidamente de sus relaciones.
Los aliados buscarán diversificarse para hacer frente a la
incertidumbre. Recurrirán a mecanismos de protección. Multiplicarán sus
opciones. Y eso les permitirá reafirmar su soberanía, antes basada en normas,
pero que cada vez se basará más en su capacidad para resistir a las influencias
externas.
Como he mencionado, esta gestión clásica de los riesgos tiene un coste,
pero es posible compartir las inversiones relacionadas con la autonomía
estratégica y la protección de la soberanía. Es más ventajoso invertir
colectivamente en la resiliencia que construir cada uno su propia fortaleza. La
adopción de normas comunes reduce la fragmentación. Las complementariedades
benefician a todos.
La cuestión para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos
adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. Se trata más bien de
determinar si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si
podemos mostrar más ambición.
Canadá fue uno de los primeros países en tomar conciencia de la
situación, lo que nos llevó a modificar fundamentalmente nuestra orientación
estratégica.
Las y los canadienses comprenden que nuestra concepción tradicional y
tranquilizadora de que nuestra situación geográfica y nuestras alianzas nos
garantizaban automáticamente la prosperidad y la seguridad ya no es válida.
Nuestra nueva estrategia se basa en lo que Alexander Stubb ha
denominado «realismo basado en valores», es decir, nuestro objetivo es combinar
principios y pragmatismo.
Nos mantenemos fieles a nuestros principios en lo que respecta a
nuestros valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, prohibición
del uso de la fuerza salvo en los casos previstos en la Carta de las Naciones
Unidas y respeto de los derechos humanos.
Somos pragmáticos porque reconocemos que los avances suelen ser
graduales, que los intereses divergen y que no todos nuestros socios comparten
necesariamente nuestros valores. Colaboramos de forma abierta, estratégica y
lúcida. Aceptamos plenamente el mundo tal y como es, sin esperar a que se
convierta en el que nos gustaría ver.
Canadá adapta sus relaciones para que su alcance se corresponda con sus
valores. Damos prioridad a un amplio diálogo para maximizar nuestra influencia,
en un contexto en el que el orden mundial es particularmente inestable, los
riesgos son elevados y los retos para el futuro son considerables.
Ya no dependemos únicamente de la fuerza de nuestros valores, sino
también del valor de nuestra fuerza.
Consolidamos esta fuerza en nuestro país.
Desde que mi Gobierno asumió el poder, hemos reducido los impuestos
sobre la renta, las ganancias de capital y las inversiones de las empresas,
hemos eliminado todos los obstáculos federales al comercio interprovincial y
estamos acelerando la implementación de inversiones por valor de un billón de
dólares en los ámbitos de la energía, la inteligencia artificial y los
minerales críticos, en la creación de nuevos corredores comerciales y en muchas
otras cosas.
Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030 y lo estamos
haciendo de manera que se refuercen nuestras industrias nacionales.
Nos estamos diversificando rápidamente en el extranjero. Hemos
establecido una asociación estratégica global con la Unión Europea que incluye
nuestra adhesión a la iniciativa SAFE sobre acuerdos europeos de suministro en
materia de defensa.
En los últimos seis meses, hemos firmado otros doce acuerdos
comerciales y de seguridad en cuatro continentes.
En los últimos días, hemos establecido nuevas asociaciones estratégicas
con China y Qatar.
Para contribuir a la resolución de los problemas mundiales, damos
prioridad a una geometría variable, es decir, nos adherimos a diferentes
coaliciones para diferentes cuestiones, en función de los valores e intereses
comunes.
En lo que respecta a Ucrania, somos un miembro importante de la
Coalición de Voluntarios y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su
defensa y seguridad.
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