Ara mateix


Cridem qui som i que tothom ho escolti.
I en acabat, que cadascú es vesteixi
com bonament li plagui, i via fora!,
que tot està per fer i tot és possible.


Miquel Martí i Pol

martes, 8 de noviembre de 2016

François Truffaut y Antoine Doinel

Antoine Doinel es un personaje cinematográfico de ficción creado por el director francés François Truffaut.


El artista y su desnudo manifiesto. Antoine Doinel, personaje y alter ego de François Truffaut y encarnado por Jean-Pierre Léaud. La perspectiva desde la niñez y adolescencia a la madurez en cuatro películas y un cortometraje: un recorrido de Léaud y Truffaut desde 1958 hasta 1978. A Doinel lo acompaña el personaje de Christine Darbon, su amiga y después novia y mujer. El papel encarnado por Claude Jade.

Los títulos son Los 400 golpes (1958),  Antoine et Colette (1962), (perteneciente a El amor a los veinte años, una película  de varias historias codirigida con MarcelOphüls, Andrzej Wajda, Renzo Rossellini, y Shintarô Ishihara.) Besos robados (1968),  Domicilio conyugal (1970), El amor en fuga (1978). El resto de su obra (especialmente La noche americana y La piel dura) rebosan también con confesiones y recuerdos de su vida.


Toda la saga de Antoine Doinel se presenta de manera progresiva. Primero, los pesares y rebeldías del niño malquerido; enseguida, el corto perteneciente a la película El amor a los veinte años, donde Antoine vive un amor platónico con una muchacha llamada Colette. Después, Antoine en pos de trabajo y de novia, cortejando a una chica formal violinista, Christine Darbon (Claude Jade); en tercer lugar, los avatares de la vida matrimonial con Christine, un embarazo y la irrupción de una japonesita de película. Para finalizar, Antoine, al borde del divorcio de Christine-Claude Jade, se reencuentra con la primera novia, lo que le permite relatar la historia de su vida y sus amores Los cinco films sobre la vida de Antoine Doinel  componen una maravillosa biografía de ficción.

Aunque, en cierto modo, Los 400 golpes responde bastante bien a la estructura de sketches de las posteriores películas. En un principio, Truffaut concibió una serie de relatos cortos en torno a la figura del niño disconforme que fue él (con anécdotas, todas reales suyas; o a veces de amigos y conocidos, o cogidas de los diarios)

Al final de Los 400 golpes comienza la carrera de Doinel, que atraviesa sin cese la genial Besos robados, Domicilio conyugal y la ya casi ochentera Amor en fuga: cuando se escapa, al final. Debajo de un puente, en esa campiña, mientras el desorientado celador que le busca pasa por encima corriendo, recuerda a 39 escalones (Hitchcock, 1935) o a Escape (Mankiewicz, 1948). Ya a partir de ahí Doinel no para.

Si Antoine et Colette continúa la estela sobria de Doinel con un amorío que volverá a aparecer en otras películas posteriores, Besos robados, es una renovación. Un salto, que marca el rumbo de esta descontrolada y deshilachada serie de encuentros de Doinel. Aparece la comedia genuina y aparece el personaje de Christine (Claude Jade), su paciente novia y posterior esposa, y ex esposa, que envejecerá junto a él hasta el año 78.

Doinel va creciendo a su lado, como los protagonistas de las series de la tele. Aparte, Amor en fuga tiene mucho de conclusión serial, incorporando refritos, como flashbacks: es la más floja aunque tenga fotografía de Néstor Almendros y a Deleure haciendo la banda sonora.





Los 400 golpes
Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959). Fue su primer largometraje. Es considerada una de las primeras obras de la denominada Nouvelle vague. Dedicada a su padre intelectual André Bazin y gran éxito de Cannes
El título se refiere a una expresión francesa cuya traducción podría ser "hacer las mil y una", refiriéndose a todas las trasgresiones del personaje en la película, aunque también juega con el significado estricto de la expresión, es decir, con la enorme cantidad de golpes que la vida propina al protagonista
Antoine Doinel tenía 12 años cuando le vimos por primera vez,  es un adolescente parisino no especialmente querido por su familia. Su madre, que lo tuvo de soltera, tiene una conducta severa con él, su padrastro por su parte hace lo posible por tolerarlo. La falta de atención de su familia hace de Doinel un alumno díscolo en el colegio, pero sus travesuras y la mala suerte que tiene al descubrir a su madre con un amante, hacen que se vaya encaminado progresivamente hacia el delito, lo cual dará pie para que su madre junto a su padrastro puedan buscar deshacerse del muchacho con mayor ímpetu, mientras él sufre todos los golpes que le da la vida a su tan corta edad Y cuando, en un momento de descuido de la vigilancia del centro, el sagaz Antoine aprovecha para escapar corriendo por el bosque, sin mirar atrás, sin detenerse a descansar, movido por un irrefrenable deseo de libertad, no se puede sino alentarle en su fuga. Corre y corre hasta llegar al mar, pisar arena de playa por primera vez en su vida, mojarse los zapatos y mirar fijamente la inmensidad del océano. El pequeño Antoine Doinel ha triunfado, los ha dejado a todos atrás y se ha valido de sí mismo para cumplir uno de sus sueños: ver el mar. Truffaut nos despide de Antoine en esa playa, mirando a cámara, es decir, mirándonos directamente a los ojos. Es, quizás, el mas bello final del cine.




Truffaut no solo contó la historia de un niño como el que él fue, sino la historia de una época, en su film cristalizó la identidad de una generación de posguerra, urbana, alegre y al mismo tiempo aún cohibida por el eco histórico de la ocupación. Una generación de niños con ansias de libertad que encontraban su primer objetivo de rebelión en el sistema de enseñanza francés, escolástico y autoritario. Hizo ese retrato social, dibujó esa atmósfera hermosamente lluviosa del París otoñal, de la ciudad prometida para las artes y la bohemia. Pero además dejó una de las narraciones más auténticas sobre la infancia. En Los 400 golpes están los sufrimientos y alegrías de los niños de todas las generaciones, el sueño de crecer, la huída, el descubrir terrenos imposibles, la incomprensión del amor. Y por supuesto, lo que la convirtió en obra maestra, una forma de rodar nueva para contar todo eso, una manera diferente, en la que el movimiento sería una cuestión moral.




Antoine y Colette
Volvimos a encontrarnos con Antoine en París, una mañana pocos años después de su huída. Fue entonces cuando descubrimos que su escapada infantil duró cinco días, que después fue ingresado de nuevo en un reformatorio, esta vez uno con mayores medidas de vigilancia. El narrador de Antoine y Colette nos desvela, nada más arrancar el episodio del film colectivo El amor a los veinte años, antes de ver al joven Antoine, que después de los cuatrocientos golpes de su infancia, al fin ha logrado cumplir su sueño: tener un trabajo, pagarse un apartamento propio y ser completamente independiente, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Antoine tiene entonces 17 años y trabaja en la Phillips, haciendo discos de vinilo, su primer trabajo —y uno de los pocos normales que tendrá en la vida que le conoceremos. En su tiempo libre acude a los conciertos de las Juventudes Musicales, es allí donde el amor le sacude por primera vez. Conoce a Colette, otra joven aficionada a la música clásica. Tiene su primera experiencia con las mujeres, idealizada en la distancia que separa sus butacas en los conciertos, veremos al pobre Antoine vencer sus primeros miedos con el amor, la gran preocupación que le dominará en adelante. El aún un poco niño Antoine sufre por Colette, que nos lo deja abandonado con sus casi primeros suegros, con el corazón roto, humillado. La felicidad que nos produjo volver a saber de Antoine se queda con un regusto amargo al tener que volver a despedirlo en una encrucijada, herido.



 
Besos robados
Si Antoine et Colette continúa la estela sobria de Doinel con un amorío que volverá a aparecer en otras películas posteriores, Besos robados, es una renovación. Un salto, que marca el rumbo de esta descontrolada y deshilachada serie de encuentros de Doinel. Aparece la comedia genuina, el continúa tema del amor del mediometraje, y aparece el personaje de Christine (Claude Jade), su paciente novia y posterior esposa, y ex esposa, que envejecerá junto a él hasta el año 78.

Hay deshonores que son un honor. Volvimos a saber de nuestro querido Antoine Doinel en el momento de ser licenciado del ejército tras un intento de deserción. La recuperación de su libertad, la vuelta a la vida civil significa la búsqueda de Christine Darbon, un nuevo amor que nos es conocido por primera vez. Christine, como Colette, otra hija de padres amables, será a la postre el gran amor de Antoine. El joven vuelve a París, a la vida, y lo hace de la única manera que le es natural, corriendo, corriendo como si fuera el último día antes de morir, intempestivo y melancólico.

Besos robados es, tal vez, la mejor de las películas de Antoine Doinel después de Los 400 golpes. Truffaut ofrece algunas secuencias verdaderamente inolvidables. Antoine y Christinne experimentarán el tira y afloja, las contradicciones del amor juvenil, el vértigo de conocerse a uno mismo mediante la experiencia de descubrir en su intimidad a otro ser humano. Antoine frente al espejo de su cuarto de baño, mirándose fijamente, concentrado, repitiendo el nombre de su amor, Christinne Darbon, hasta dominar todas sus sílabas, domesticando el sonido de sus letras. Y después el suyo, que se le atraganta, su propio nombre, con que el que se trastabilla, convertido en un trabalenguas: “Antoine Doinel. Antoine Doinel. Antoine Doinel; Antoine Doinel, Antoine Doinel Antoine Doinel AntoinedoinelAntoinedoinelantoinedoinel”. La secuencia es uno de los mejores ejemplos de siempre del cine de autor, sus nuevas formas y preocupaciones. Una secuencia que, a buen seguro, el mismo Ingmar Bergman hubiera gustado de filmar. Al bueno de Antoine le dejamos en delicadas manos, las de la adorable Christinne, enseñándole —en otra secuencia memorable— cómo untar una tostada de mantequilla sin que se rompa, tan sencillo (y tan difícil) como colocar dos tostadas juntas, una encima de otra. 




Domicilio conyugal 
Comiendo mandarinas —un extraño símbolo truffatiano— le vimos quedarse frente al televisor con los padres de la insensible y cruel Colette, con el corazón hecho trizas. Y con mandarinas para su paladar arrancan los años de felicidad matrimonial de Antoine, junto a Christine. La primera secuencia de Domicilio conyugal, la cuarta película sobre la vida de Antoine Doinel, es la primera que no comienza con su atribulado protagonista. Otro personaje le ha robado la iniciativa por mérito propio, la bella y sonriente Christine, con la que recién acaba de casarse, pasea por París con su violín a cuestas, regalando sonrisas y comprando mandarinas para su Antoine. No se puede quejar el eterno corredor en fuga, lo tiene todo, una compañera magnífica, un pisito en un bloque de vecinos locos y encantadores, y un oficio tan cómodo e imposible como el de vendedor de flores tintadas de colores que él cree inventar.

Antoine, que ya en Besos robados pasará por toda suerte de oficios peculiares —de recepcionista de hotel a detective privado—, continúa engrosando su estrambótico currículum, dejando el negocio de las flores coloreadas por el de piloto a control remoto de maquetas acuáticas en una multinacional estadounidense de no se sabe muy bien qué sector. Será allí, en el pequeño lago artificial en las dependencias de la empresa, donde conocerá a una enigmática señorita japonesa que le roba el corazón. Antoine deberá enfrentarse a uno de los momentos más críticos de su vida adulta al encontrar a la desengañada Christine vestida de pies a cabeza con un traje tradicional nipón. La fuerza de tal impacto no bastará para que reconsidere su aventura, habrá de ser él, por sí mismo, quien deje atrás el desliz y reconozca sus errores.

Antoine es el mentiroso más torpe del mundo, el adulto más inmaduro que el niño que fue. Es Antoine, un personaje totalmente creíble, pero más ficticio que nunca. Un personaje que ha cobrado vida y parece actuar por sí mismo, en función a las normas de un universo igual de ficticio, tan creíble pero imposible como para que Christine le acabe perdonando y vuelvan a disfrutar de la vida en común.




El amor en fuga

“Toda mi vida no es más que correr sobre cosas que asombran”, dice la canción de Alain Souchon que sirve de banda sonora para el último de los capítulos que veremos de la primera parte de la vida de Antoine Doinel.

Alphonse, el hijo de Antoine y Christinne, tiene ya nueve años cuando comienza El amor en fuga —último de los films sobre Antoine Doinel—, y sus padres están definitivamente separados y a punto de ser el primer matrimonio de Francia en divorciarse de mutuo acuerdo. Al final, el incorregible Antoine ha seguido haciendo de las suyas, y pierde a Christinne. Sigue igual de inmaduro con treinta y tantos que  a los veinte, quizá más. Ha cumplido su sueño de escribir una novela —autobiográfica, por supuesto— y de publicarla, y trabaja como corrector de pruebas en una imprenta. Su nuevo amor se llama Sabine, es más joven que él, y resulta una mezcla perfecta de sus dos grandes amores anteriores, Colette y Christine. ¿Será el amor definitivo, el que le haga sentar la cabeza? De inicio no parece que ese vaya a ser su destino. En El amor en fuga Truffaut se decide a dar carpetazo a Doinel, un alter ego que desarrolló identidad propia y que ya vuela por sí solo. Pero antes de eso estará obligado a hacer examen de conciencia.

El amor en fuga es una delicia nostálgica para todos los viejos conocidos de Antoine Doinel. Tiene desde el minuto uno ese halo de la despedida que se sabe. Y lo único que queremos, llegados a este punto, es que Antoine sea feliz. Es un liante, no cabe duda, pero le tenemos tanto cariño, nos recuerda tanto al niño que fue, que no podemos sino sentir conmiseración por su ingenuidad, por la fragilidad de su fortaleza siempre atacada. Queremos que tenga suerte y que se le perdonen los errores, porque descubrimos que no siempre son culpa suya. Es emocionante y triste conocer la historia de la muerte de sus padres, el por qué no estuvo en el funeral de su madre. Es emocionante y triste ver de nuevo a Colette y el amor —como de primos— que le profesa a su Antoine, la sonrisa de esa mujer trágica al ver de lejos a su viejo amigo y decir: “Antoine se va corriendo, por lo visto no cambiará nunca”. Así es, Antoine no cambiará nunca, saldrá siempre corriendo cuando menos se espere, subirá a un tren sin billete solo porque necesita hablar sin parar con alguien que ha visto, y no importa que lo lleve a cientos de kilómetros. Él estará siempre donde le mande su corazón imprevisible.

Antoine Doinel es un personaje maravilloso, primero un niño con mirada de adulto, luego un adulto con mirada de niño. La última vez que le vimos, besándose con Sabine en una tienda de discos bajo la música de Alain Souchon, sintiéndose en ese beso como cuando de niño montó en una atracción que le hacía dar vueltas sin parar, y sentirse ingrávido, zarandeado, pero de placer, de felicidad, es el final perfecto para una vida inventada que no pudo ser más verdad. El eterno niño en fuga que siempre estará viendo el mar.



El hombre hecho cine. Aparte aquellos afanes sesenteros de un nuevo lenguaje, aparte del empleo de los códigos del montaje, de las diagonales del encuadre, del color y el uso de la profundidad de campo, está este simple asunto humano, el inevitable tema de la proyección personal, del drama y sus implicaciones. Un hombre, que representa a todos los hombres y a todos sus dramas en sí mismo. 


Universal e intransferible al mismo tiempo. Por un camino revolucionario, por un camino reaccionario, por un camino velado, por un camino lúdico o ambicioso, o por la franca autobiografía un artista se encuentra a sí mismo, o no. Esta es la historia de cómo François Truffaut, duplicándose con rigor, se reinventó. Fiel a su mundo, se fabricó uno paralelo casi idéntico. Fiel a sí mismo, se apuntaló en la carne de Jean-Pierre Léaud. Y salió ese chico apesadumbrado y autodidacta que por las mañanas de frío se ponía la ropa de calle por encima del pijama para ir al colegio. En un momento dado se puso a correr, y ya no paró.




Enlaces
Arte y realidad - François Truffaut

Fuentes:

http://revistamagnolia.es/2014/09/las-aventuras-de-antoine-doinel-francois-truffaut/
http://www.cinemania.es/noticias/te-voy-a-contar-mi-vida-10-directores-aficionados-a-la-autobiografia/
https://vimeo.com/119860863
http://www.cameo.es/catalogo/peliculas/pack-las-aventuras-de-antoine-doinel#.WBHfgfmLRPY
https://es.wikipedia.org/wiki/Antoine_Doinel
http://contrapicado.net/article/%E2%80%98besos-robados%E2%80%99-la-educacion-sentimental-de-antoine-doinel/
http://drugstoremag.es/2016/02/la-azarosa-vida-de-antoine-doinel/
https://es.wikipedia.org/wiki/Fran%C3%A7ois_Truffaut
http://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/9589/Francois%20Truffaut
http://www.mgar.net/cine/dir/truffaut.htm

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